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Aquí yació Babilonia,
saturada por el oro de lo peor de todo,
donde los decadentes gustos del infierno crecieron con fuerza,
como una maldición sobre este reino trágico.
El crepúsculo descendió como una última cortina
sobre este escenario donde sólo la muerte fue verdadera,
cantando a través de las torrecillas como una aterciopelada serenata,
tocada cerca de una tumba.
Centinelas y nobleza permitieron el florecimiento
de un poniente y rojo sol y una sangrienta luna,
aplaudidos entonces, concediéndoles el augurio del destino,
casi demasiado pronto.
Ellos orinaron sobre los vientos que mecieron las cunas,
burlándose de aquellos hogares asechados por los lobos,
ellos se besaron y pecaron bajo abundantes banquetes,
mientras el mundo allí afuera crecía empapado y atemorizado.
Aquí yació Babilonia,
saturada por el oro de lo peor de todo,
donde los decadentes gustos del infierno crecieron con fuerza,
como una maldición sobre este reino trágico.
Gilles se sentó saboreando el licor de una copa hecha de huesos,
mientras la luz se desgarraba y danzaba sobre las lápidas,
caprichosas fantasías fueron ejecutadas en el hogar.
Las copas de los árboles se inclinaron para susurrar
en una delgada chapa de Disney,
ellos conocieron los aullidos tan exquisitamente agudos,
eran de los niños que desaparecieron.
Habían escuchado a los vientos, oído el asesinato de Abel,
rebautizado en las rocosas mandíbulas de Tiffauges,
donde la lista de los pecados cometidos fue más allá de la leyenda,
rugieron fuera del país, agitados por la impudicia.
Agitados por la impudicia.
Agitados por la impudicia de este reino trágico
que vio caminar a los ángeles de Dios.
Satánico, enigmático,
su magia negra fue lo extático,
megalomaniático en argumentos titánicos.
Vestido con lo mejor,
las perversas prendas del oeste,
él cortó la figura del luto en un glorioso fardo.
Pero todas sus pesadillas se volverían realidad,
ahogándolo en una corriente de ilimitados placeres.
Aquí yació Babilonia,
saturada por el oro de lo peor de todo,
donde los decadentes gustos del infierno crecieron con fuerza,
como una maldición sobre este reino trágico.
Como una maldición sobre este reino trágico.
Una luna brillando a través de los esqueléticos árboles,
apartando su rostro de hechos congénitos.
Y así fue cómo las vísperas se oscurecieron, se atormentaron, se apenaron,
sobre este lugar enlazado con la semilla del demonio.
Blanchet, un sacerdote, su libro de mentiras,
lo exoneró de los crímenes de Gilles,
anunció sus temores, una noche de suspiros,
una noche para maldecir rimas infantiles,
en la luz de un fuego que proyectó irresponsable sombras.
El destino se hace cada vez más oscuro para este reino trágico.
La espantosa riqueza de Gilles, su puño de hierro
sobre los débiles y los rubíes que sus cofres deslizaron,
dirigidos a una cercana ruina en los años sucesivos,
casi todo por el exceso y lo mejor de ello,
en la luz de un fuego que proyectó irresponsables sombras.
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Tags:
Albums: La velocidad de Dios en el trueno del diablo
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